| "La
violencia localizada"
Nurit
Peled es israelí y su hija, de 14 años, murió en 1997 en un atentado
cometido por un kamikaze palestino. Fiel a sus principios y en un
ejemplo de coherencia política, ella reclama el derecho a la existencia
de los dos pueblos. Ahora, ante el Parlamento Europeo, Nurit habló del
sufrimiento de las madres palestinas y de la violencia de Estado.
(Mujereshoy) Nacida en 1949 en Israel, Nurit Peled-Elhanan es profesora
universitaria y licenciada en Literatura Comparada.
El 4 de septiembre de 1997, la hija de Peled-Elhanan, Smadar, de 14
años en ese entonces, fue una de las cuatro víctimas de un atentado
suicida perpetrado en la parte occidental de Jerusalén por un kamikaze
palestino. Cruel paradoja: el abuelo de Smadar, el general Mattityahou
Peled, uno de los artífices de la victoria relámpago de Israel en 1967
y luego convertido en pacifista, estaba entre los pioneros del diálogo
israelo-palestino.
Sumergida en el duelo por su hija, Nurit, fiel a sus principios,
responsabilizó del atentado y de la muerte de su hija no a los
palestinos, sino a la política del gobierno israelí de Benjamín
Netanyahou: “Cuando mi hija murió, no cedí a la desesperación y
pronuncié un discurso que tuvo mucha resonancia, ya que lo centré en
la responsabilidad de una política miope que se niega a reconocer los
derechos del otro y que fomenta el odio y los conflictos”.
Nurit Peled-Elhanan se ha convertido en símbolo del Israel que exige
una solución negociada del conflicto y reivindica de manera inequívoca
el derecho a la existencia de los dos pueblos y los dos Estados en pie
de igualdad.
En el año 2001, recibió el Premio Sajarov a la libertad de conciencia
(junto a Izzat Ghazzawi, de Palestina, y Monseñor Zacarías Kamwenho,
de Angola), galardón otorgado por el Parlamento Europeo desde 1988 a
personalidades u organizaciones que han marcado con su huella la lucha
en favor de los derechos humanos y de la libertad en su propio país.
Al entregarle el Premio Sajarov, la presidenta del Parlamento Europeo
señaló que el galardón conjunto demostraba “hasta qué punto nos
importa apoyar a todos los que, con sus actos cotidianos, en un contexto
histórico especialmente difícil a pesar de la presión de los
acontecimientos, trabajan sin descanso por el acercamiento entre los
pueblos”.
Invitada el 8 de marzo de 2005 a hablar ante el Parlamento Europeo, en
Estrasburgo, con ocasión del Día Internacional de la Mujer, éstas
fueron sus palabras.
“Cada una de nosotras
está aterrorizada por una educación que infecta el espíritu”
Gracias por haberme invitado a esta jornada. Siempre es un placer y un
honor estar aquí, entre ustedes.
Sin embargo, debo decir que creo que deberían haber invitado a una
mujer palestina en vez de a mí, porque las mujeres que más sufren la
violencia en mi país son las mujeres palestinas. Y quisiera dedicar mi
discurso a Miriam R’aban y a su marido Kamal –de Bet Lahiya, en la
banda de Gaza–, cuyos cinco hijos fueron asesinados por soldados
israelíes cuando recogían fresas en el campo de fresas familiar. Nadie
será juzgado por este crimen.
Cuando pregunté a mis anfitriones por qué no invitaban a una mujer
palestina, su respuesta fue que eso haría que la discusión estuviera
“demasiado localizada”. No sé qué es la violencia no localizada.
El racismo y la discriminación pueden ser conceptos teóricos y
fenómenos universales, pero su impacto es siempre local, y bien real.
El dolor es local, la humillación, los abusos sexuales la tortura y la
muerte son todos ellos muy locales, lo mismo que las cicatrices.
Desgraciadamente, es cierto que la violencia local infligida a las
mujeres palestinas por parte del gobierno y del ejército israelí se ha
extendido a todo el planeta. De hecho, la violencia de Estado y la
violencia del ejército, la violencia individual y colectiva, son hoy el
sino de las mujeres musulmanas, no sólo en Palestina sino allí donde
el mundo occidental ilustrado pone su bota imperialista. Es una
violencia que casi nunca se aborda y que la mayoría de las personas en
Europa y Estados Unidos apenas excusan. Ocurre así porque el denominado
mundo libre tiene miedo del útero musulmán.
La grande France de la
liberté l’égalité et la fraternité [La gran Francia de
la libertad, la igualdad y la fraternidad *] está aterrorizada por unas
jóvenes que llevan pañuelo en la cabeza, el Gran Israel judío tiene
miedo del útero musulmán que sus ministros califican de amenaza
demográfica. El todopoderoso Estados Unidos y Gran Bretaña contaminan
a sus respectivos ciudadanos con un miedo ciego a los musulmanes, que
son descritos como viles, primitivos y sedientos de sangre, además de
no demócratas, chovinistas, machistas y productores en masa de futuros
terroristas. Y ello, a pesar del hecho de que quienes destruyen hoy el
mundo no son musulmanes. Uno de ellos es un cristiano devoto, otro es
anglicano y el tercero es un judío no piadoso.
Nunca he vivido el sufrimiento que las mujeres palestinas padecen a
diario, a cada hora; no conozco el tipo de violencia que hace de la vida
de una mujer palestina un constante infierno. Esta tortura física y
mental cotidiana de las mujeres a las que se les priva de los derechos
humanos y de sus necesidades fundamentales de una vida privada y de
dignidad; mujeres a cuyas casas se entra con una orden judicial a
cualquier hora del día o de la noche, a quienes se ordena –bajo la
amenaza de un arma– desnudarse y quitarse la ropa delante de extraños
y ante sus hijos, cuyas casas son destruidas, que son privadas de sus
medios de existencia y de toda vida familiar normal.
Todo esto no forma parte de mi experiencia personal. Pero soy una
víctima de la violencia contra las mujeres en la medida en que la
violencia contra los niños es, de hecho, una violencia contra las
mujeres. Las mujeres palestinas, iraquíes, afganas son mis hermanas
porque todas nos encontramos atrapadas en el asedio de los mismos
criminales sin escrúpulos que se denominan dirigentes del mundo
ilustrado libre y que, en nombre de esta libertad y de esta ilustración,
nos roban a nuestros hijos.
Además, las madres israelíes, estadounidenses, italianas y británicas
han sido, la mayoría de ellas, violentamente cegadas y descerebradas
hasta el punto de que ya no se pueden dar cuenta de que sus hermanas,
sus únicas aliadas en el mundo, son las madres musulmanas, palestinas,
iraquíes o afganas cuyos hijos son asesinados por nuestros hijos o que
se hacen explotar en pedazos junto con nuestros hijos e hijas. Todas
ellas están infectadas por los mismos virus engendrados por los
políticos. Y todos los virus son iguales, aunque tengan diversos
nombres ilustres, como Democracia, Patriotismo, Dios, Patria. Forman
parte de ideologías falsas y trucadas cuya intención es enriquecer a
los ricos y dar poder a los poderosos.
Todas nosotras somos víctimas de la violencia mental, psicológica y
cultural que hace de nosotras un solo grupo homogéneo de madres
enlutadas o potencialmente enlutadas. Las madres occidentales a quienes
se enseña a creer que sus úteros son una baza nacional, lo mismo que
se les enseña a creer que el útero musulmán es una amenaza
internacional. Se les educa para que no exclamen: “Yo le he traído al
mundo, le he amamantado, es mío y no le dejaré que sea aquel cuya vida
vale menos que el petróleo, cuyo futuro vale menos que un pedazo de
tierra”.
Cada una de nosotras está aterrorizada por una educación que infecta
el espíritu para que creamos que lo único que podemos hacer es rezar
para que nuestros hijos vuelvan a casa o estar orgullosas de sus cuerpos
muertos.
Y todas nosotras hemos sido educadas para soportar todo esto en silencio,
para contener nuestro temor y nuestra frustración, para tomar Prozac
contra la ansiedad, pero nunca para aclamar en público a Madre Coraje.
Nunca ser verdaderas madres judías o italianas o irlandesas.
Yo soy una víctima de la violencia de Estado. Mis derechos naturales y
civiles en tanto que madre han sido violados porque temo el día en que
mi hijo cumpla 18 años y me sea arrebatado para ser el instrumento del
juego de unos criminales como Bush, Blair y su clan de generales
sedientos de sangre, sedientos de petróleo, sedientos de tierra.
Viviendo en el mundo en el que vivo, en el Estado en el que vivo, en el
régimen en el que vivo, no me atrevo a ofrecer a las mujeres musulmanas
ninguna idea, cualquiera sea ella, sobre la manera de cambiar sus vidas.
No quiero que se quiten los pañuelos o eduquen a sus hijos de otra
manera, ni las presionaré para que constituyan Democracias a imagen de
las democracias occidentales que las desprecian tanto a ellas como a
quienes corren su suerte.
Sólo quiero pedirles humildemente que sean mis hermanas, expresar mi
admiración por su perseverancia y su valor, que sigan teniendo niños y
que mantengan una vida llena de dignidad a pesar de las imposibles
condiciones en las que las hace vivir mi mundo. Quiero decirles que
todas estamos unidas por el mismo dolor. Que todas somos las víctimas
de los mismos tipos de violencia, aunque ellas sufran mucho más y
porque son ellas quienes son maltratadas por mi gobierno y su ejército
y con ayuda de mis impuestos.
El islam en sí, como el judaísmo en sí y el cristianismo en sí, no
es una amenaza ni para mí ni para nadie. Amenazas son el imperialismo
estadounidense, la indiferencia y la cooperación europeas y el racista
y cruel régimen israelí de ocupación. El racismo, la propaganda en la
educación y la xenofobia inculcada es lo que convence a los soldados
israelíes de ordenar a las mujeres palestinas, amenazándolas con sus
fusiles, que se desnuden delante de sus hijos por razones de seguridad;
la más profunda falta de respeto por el otro es lo que permite a los
soldados estadounidense violar a mujeres iraquíes, lo que da licencia a
los carceleros israelíes para mantener a las jóvenes en condiciones
inhumanas, sin la ayuda higiénica necesaria, sin electricidad en
invierno, sin agua limpia o colchones limpios, y para separar a las
madres de sus bebés y de los niños a los que están amamantando. Para
cerrarles el camino a los hospitales, para bloquearles el camino a su
educación, para confiscar sus tierras, para arrancar sus árboles e
impedirles cultivar sus campos.
No puedo comprender completamente a las mujeres palestinas o sus
sufrimientos. No sé cómo habría sobrevivido yo a tales humillaciones,
a tal falta de respeto por parte del mundo entero. Lo único que sé es
que la voz de las madres ha permanecido silenciada durante demasiado
tiempo en este planeta devastado por la guerra. No se oye el grito de
las madres porque no se invita a las madres a los foros internacionales
como éste. Esto lo sé, y es bien poco. Pero es suficiente para que me
acuerde de que estas mujeres son mis hermanas y que merecen que yo grite
y luche por ellas.
Y cuando ellas pierden a sus hijos en los campos de fresas o en las
mugrientas carreteras cerca de los check
points [controles de seguridad], cuando sus hijos son
abatidos en el camino al colegio por hijos de israelíes que han sido
educados para creer que el amor y la compasión se ejercen dependiendo
de la raza y de la religión, lo único que puedo hacer es permanecer a
su lado y al de sus bebés traicionados, y preguntar lo que Anna
Akhmatova [poeta rusa (1889-1966)], otra madre que vivió en un régimen
de violencia contra las mujeres y los niños, preguntó. ¿Por qué este
hilillo de sangre desgarra el pétalo de tu mejilla?”
* En francés en el original.
Fuente: Rebelión.
Traducido para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.
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